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INVENTOS ARGENTINOS (XI)
MEMBRANA DE COLÁGENO PARA CICATRIZAR

El más interesante invento argentino de la  última década del siglo XX  en el campo de la salud (y el más premiado) ha sido sin muchas dudas la membracel, un material biomédico revolucionario pero poco conocido.
Los evaluadores de patentes tienen su opinión sobre este desarrollo de la doctora Celia Mohadeb, bioquímica argentina especializada en colágeno: en 1998, la membrana ganó el premio Ladislao Biro del Salón Nacional de Inventos organizado por el Instituto Nacional de la Propiedad Industrial Argentina (INPI), dependiente del Ministerio de Economía, y en 1999 se alzó nuevamente con la medalla de oro, pero esta vez en la exposición de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, la más importante feria del mundo en el campo de la invención.
Bajo su aspecto poco espectacular, este apósito de colágeno tiene propiedades extraordinarias: permite emparchar quemaduras, escaras, várices ulceradas e incluso lesiones quirúrgicas, pero acortando a la mitad los tiempos de cicatrización.
¿Importa esto? Sí. Para un quemado grave, significa la mitad de riesgo de infección fatal, y para un diabético o un anciano con úlceras irreductibles, la diferencia entre la curación o una larga ruleta rusa con la gangrena.
Capaz de clausurar en días heridas que no cicatrizaron en años, la membracel ahora invade -silenciosamente- otras áreas médicas: en algunos hospitales públicos de la Argentina logra cosas tan disímiles como recubrir cavidades para implantes dentales, impedir complicaciones quirúrgicas o levantar senos caídos.

Cómo se usa y qué logra
La membrana se adhiere sola a la superficie de la herida. Es tan transparente que permite monitorear la evolución sin retirarla, y tan selectivamente permeable que le permite al lecho sangrante exudar líquidos -lo que acelera su secado y cicatrización-, pero dejando afuera bacterias y hongos.
La permeabilidad del apósito permite pincelar la herida con antisépticos y/o antibióticos a través de la lámina sin retirarla. En realidad, una vez puesta ya no se saca: se reabsorberá sola en el tejido cicatrizal, cuya cobertura de la herida se acelera porque la membrana les da un soporte natural a los granulocitos, las células regenerativas, que además crecen organizadamente sobre la matriz de colágeno, sin esas famosas cicatrices queloides. La piel regenerada con la membracel es casi naturalmente lisa.
Todo esto ha sido avalado por estudios clínicos realizados en el Hospital de Quemados de Buenos Aires, el Centro de Asistencia Médica Integral al Quemado, el Hospital Militar Central, el hospital Rivadavia y el Argerich, de Buenos Aires, entre muchos otros. El invento de la doctora Mohadeb superó técnicamente todas las opciones preexistentes de remplazo de piel, porque:

• A diferencia del habitual parche de piel cadavérica (humana o de cerdo), no se recambia en caso de infección, no causa rechazo inmune y está libre de virus.
• A diferencia de los cultivos artesanales autólogos (de piel propia), la membracel sella toda la herida simultáneamente, prende siempre, se fabrica industrialmente y es de bajo costo. En cambio, los parches cultivados con células de piel demoran de 18 a 40 días en formarse, prenden sólo en el 70 por ciento de los casos y son muy caros.
• A diferencia de las láminas sintéticas (de teflón, poliuretano, goretex, etcétera), esta membranita está hecha de una molécula biológica reabsorbible (colágeno) que acelera y ordena el crecimiento cicatrizal.
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SOPORTE FIJO PARA MARCAPASOS

El marcapaso cardíaco fue un notable invento de importancia obvia: su función es, precisamente, «marcar el paso» al corazón que muestra dificultades para mantener el ritmo de latidos necesarios. Como todos los inventos electrónicos o simplemente portátiles, al principio eran más grandes e incómodos. El marcapasos se apoyaba sobre el pecho fijándolo con firmes vendas adhesivas o, lo más común, se lo introducía bajo la piel, mediante una operación sencilla. Por entonces, la mayor incomodidad estaba en el transporte de las baterías, que alimentaban el motorcito de los latidos correctos. Con el tiempo las pilas se fueron achicando y la mayor incomodidad para el paciente pasó a ser el transporte del marcapaso. Fue entonces que el argentino Francisco De Pedro inventó, en 1979, el primer soporte fijo para marcapasos cardíacos. Su invento fue tan simple como podría serlo, salvando las distancias, un posavasos. La comodidad y la libertad de movimientos que representó para millones de personas en el mundo, con las consecuencias sobre el estado de ánimo y su influencia sobre el estado de salud general, fue incalculable.



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