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¡Música, maestro!

Siempre es posible soñar cuando se la oye.
Susurra envuelta en nubes, adorna suavemente las penas, se mezcla entre los ánimos, los modifica, los apaña, busca sitio en rincones que no nos atrevemos a encontrar. 
La música, con sus ojos de poema, con su paladar de dulce balada de compases y trompetas, ataviada de violines o con el relámpago de las baterías. Se pasea por todos los ritmos para llevar su belleza al oído. 
(Y tiene su día, que es el 22 de noviembre, en honor a su patrona Santa Cecilia). 
Canciones de alegría, para bailar, para reír, para recordar, para enamorar, para poner el volumen más alto o bien apenas perceptible.
Canciones de cuna, canciones de otros, propias, prestadas, aprendidas, que nunca mueren.
Es subirse a las sensaciones exactas del pasado, transportarse a escenarios de la vida, momentos remotos y no tanto, o al futuro. Celebra las notas, acompaña letras, seduce esperanzas. Y un solo de guitarra se escucha a lo lejos, un sonido que a cada paso suena más cercano, una gota de tiempo augura las palabras una a una, casi en el éter. Parece que hay un mundo para cada luna triste. Y una vocecita afinando felicidades imborrables al costado del piano. Se ciernen los trovadores delante de las melodías, rindiéndoles el tributo de música absoluta, frenesí de tempos. Tal vez se escape una carcajada, o una lágrima, o una nota al final de orquesta.
Como si nadie la viera, canta con su dulzura de parlantes, festeja estrofas olvidadas de un viejo tango, de una milonga, o se tiñe de saxos en una pieza de jazz. Popurrí divino. Es un rock y también un chamamé o una cumbia. Se baila o se oye. Música regional, música pedida, de improviso, serenata de amor.
También es música la risa de un chico jugando, los dedos inquietos de una muchacha que acompaña un tarareo sobre una mesa de sueños. La voz de los padres, de abuelos, de seres queridos, de amigos, y de un maestro. Es música que duele el pájaro hastiado de barrotes y animales angustiados de jaulas. Un delfín nadando hacia su libertad. Una madre arropando a su bebé. Un libro abriéndose de magia en la cara fresca de un niño. Es música el himno en el pecho y en la frente alta.
Para cada ser, algo más es música. El roce de las flores en las manos de ella. La mirada bondadosa de un adulto mayor. Es música la vida, lo que salga del alma, lo que nos llegue al corazón. 
En cualquier parte, que no se apaguen las melodías. 
Vamos, ¡Música, maestro!
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Recuerdo con cariño y respeto a una compañera, tallerista y entrañable amiga Hilda Suárez, cálido ser humano, inspirada poeta, quien se fuera el 18 de septiembre pasado. Siempre estarás querida Hilda. Respetos a sus afectos y un beso al cielo.
                                                                           Cristian

Cristian Gentile

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