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A LA VISTA DE LA GUANAHANI
—¡A velar todos! había ordenado. La nave capitana, con suave brisa de popa, seguía rumbo franco al este. Ya en la noche del 11, después de rezar la Salve, la luz de las linternas iluminan apenas las manos que señalan el horizonte. Colón habla a sus hombres de los favores que les otorgó Dios al haberles brindado tan segura travesía y enviarles ahora, tantas y tan seguras señales de estar cerca de tierra. Algunos marineros lo miran a los ojos deduciendo extravíos inequívocos, otros se miran entre sí mientras hacen como que escuchan. Hacia la tarde se recogieron del mar unas cañas y unas tablillas que parecían haber sido labradas con hierro, y ya en la noche se oyó por entre los mástiles, el aletear de pájaros.
Colón insiste que se ve lejos pero claro, una luz de candela que se enciende y se apaga.
—Como una candelilla de cera que se alza y se baja, no puede ser más que la costa —le dijo  Pero Rodríguez que se había acercado a la borda, sintió el aguijón de la duda, mas, por conciliar,  dijo  — ¡Sí la veo, ahora mismo se prende, ahora se apaga! —dijo Pero. Rodrigo Sánchez de Segovia, que estaba con ellos, dijo que él no veía nada. Otra efímera ilusión quizá Habían pasado dos horas de la medianoche, era viernes y hacía calor. Siguió el agua golpeando suave los flancos de la nave y Colón volvió a emigrar al ensueño cuando un tiro de lombarda le hizo volver a la realidad. Oyó un tumulto. Un marinero, al que en su diario llama Rodrigo de Triana, desde la proa de La Pinta, había gritado ¡Tierra a la vista!
Se oyeron tumultos y vivas entre los marineros.
—Amañen las velas y quedémonos temporizando hasta el día —ordenó Colón con voz segura.  Según la concesión real, ya era Almirante. ¿Por qué no soñar despierto? Quedaban dos o tres horas entre su nuevo título de Almirante y el crepúsculo del amanecer. En aquella hora de triunfo era él, al fin y al cabo, quién demostraba tener razón. Era tierra ahí, a tiro de sus lombardas, era Cipango que ahora dormía tranquilamente sobre lujosos lechos de marfil, oro y ébano, bajo sus techados de tejas de oro; o quizá había arribado a las tierra del dorado imperio y pronto, mañana quizá, él, el Almirante del Mar Océano, se pondrá en camino, atravesando mil puentes de marfil en silla portátil toda de oro, a comparecer ante la augusta presencia del Gran Can. La noche se iba perdiendo pero no los sueños. Las carabelas, a brisa suave, se iba acercando a la costa. Los sueños volvieron otra vez con el tema del oro, el oro que servirá —según su afiebrada fantasía— para salvar almas y liberar a Jerusalén. Él sería el liberador de Jerusalén. Y si no ¿por qué el Señor le había reservado aquel magnífico descubrimiento?. La isla, que los naturales llamaban Guanahani y Colón denominó El Salvador, comenzaba a entregarse a los intrusos, todavía medio dormida, media en sueños. Unos hombres desnudos bajaron corriendo hacia la arena y se quedaron parados ante las velas enormes y fantásticas. Sólo curiosos de ver, nada sabían de los horrores ni del miedo que vendría después. Miedo a esos guerreros barbados que traían espadas de metal helado que hacían sangrar, y bocas de fuego que lanzaban piedras mortales. Nada imaginaban del precio en oro que deberían pagar por la evangelización, que sumado, alcanzaría hoy para cubrir toda la deuda impuesta a la América del Sur, ni en vidas, acabadas por guerras genocidas, enfermedades vergonzantes y vahos de viruelas.
En el momento en que Colón y sus emplumados capitanes bajaron de las botes enarbolando cruces y banderas, para estas tierras moría definitivamente una era. Para España y el mundo, comenzaba otra historia. 

almaverde



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