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El arte del buen trato
La condición ineludible e indispensable para entablar vínculos sociales marca desde el comienzo el necesario florecimiento del arte del buen trato. Es un arte, más que una ciencia, aunque sí se puede aprender y se cultiva a diario.
La cualidad humana en la sana convivencia y en la reciprocidad de valores se aplica en diferentes órdenes que incluyen, por ejemplo, posiciones jerárquicas donde el trato debe estar facultado de modos especialmente medidos. El respeto, la tolerancia y las formas constituyen parte del carácter de alguien auténticamente presto para liderar cualquier proyecto, llevar adelante un comercio, grupo, en fin; la intemperancia, mal entendida como «don de autoridad», en la mayoría de los casos provoca una propensión al error e incluso una predisposición involuntaria o voluntaria en quienes deben cumplir las tareas encomendadas, cuales éstas sean.
La verdadera sagacidad propia de los buenos orientadores incluiría la amplitud de criterio, habilidad para escuchar, tenacidad para sacar las mejores virtudes del otro y así enriquecer al individuo y que éste se sienta valorado y potenciado. Serenidad en el desorden. Prestancia y prontitud en decisiones de fondo. Cortesía: Ser atento. Ejercitar la paciencia.
Pulcritud en las palabras y acciones. Moderación para no precipitarse. Ser generoso en el halago de una tarea bien realizada y sensitivo en las críticas o correcciones. Ponderar un acierto, no condenar el error. Pues esto último generaría un «bloqueo» en la persona e induciría a una nueva equivocación. Ser constructivo. Saber transmitir, educadamente, lo que el otro debe asimilar como conocimiento. Dar y ser el ejemplo. No reducir la cantidad/calidad moral y ética del prójimo en ningún aspecto, esto es, no descalificar ni ejercer la autoridad en desmedro de la integridad de nadie, por ningún motivo. No emplear la ferocidad del gesto. No alzar la voz en función de sostener razones ni aplicar el rigor como método. La mayoría de estas actitudes se dan de manera involuntaria, por eso es bueno darse cuenta de las formas que empleemos cotidianamente.
Estar dispuesto a aprender sobre la marcha, incluso en un camino que se supone muy conocido. Pensar calmadamente, decidir ejecutivamente. Apostar a la búsqueda de la verdad y a la protección del individualismo
-permitir que los otros destaquen libremente- sin ocultar su creatividad o su disposición natural. Saber otorgar y reconocer méritos.
Desplegar las pautas debidas, abrigando el más oneroso sentido ético con la fuerza misma de la humildad calificada. La firmeza real está en la multiplicidad de virtudes y no las virtudes en la firmeza aparente.
El sustento de un carácter respetable y respetado radica en la sabiduría de quién lo utiliza apropiadamente y no en la rudeza -erróneamente tomada por temple- No confundir ser práctico con ser estricto.
Definir prioridades es preferible a restringir labores.
En nuestros ámbitos, designar tareas es mejor que «impartir» órdenes.
Es altamente recomendable no ejercer de manera indiscriminada el monopolio de la razón. Sencillamente, porque resulta poco productivo y bastante innecesario.
Todas estas formas corresponden a una especie de fomentación de la virtud esencial, al alcance de todos, nada fuera de la órbita de lo posible.
Se basa en los modos, en la buena educación, en el respeto y en tratar al prójimo como a uno le gustaría que lo tratasen. Más allá de la función, cargo o posición jerárquica que esté establecida. Es importante la espontaneidad, la naturalidad, el ejercicio de la buena conducta.
No permitir que la ambición desmedida nos opaque la visión del otro, nos conduzca hacia el atropello de ningún ser y en ese afán enfocarnos en la mercantilización que degrada. Humanizando las labores diarias y los deberes cotidianos es que vamos a propagar principios sólidos.
Cristian Gentile

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